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“Virgen de la Ghitta”, una tradición local que perdura desde hace 110 años

Por Rubén Pron

“Dios te salve, María, llena eres de gracia…”, repite con voz clara y pausada María Virginia Belegni, la rezadora que desde hace “seis o siete años” –duda, no recuerda bien– dirige las oraciones en la festividad de la Virgen del Pilar que en El Trébol tiene como epicentro la capilla “de la Ghitta”, como se la llama en alusión a quien fuera su propietaria cuando, en 1907, comenzó a difundirse que una imagen aparecida en el encuentro de dos paredes en el dormitorio de la vivienda familiar era una manifestación de la Virgen y que acudiendo a ella Dios concedía las gracias que se le solicitaban por intermedio de esta advocación zaragozana.

“Dios te salve, María…”, repite María Belegni a lo largo de las cuatro cuadras en que la imagen de la Virgen que apareciera ante Santiago el Mayor cuando predicaba a orillas del río Ebro en la región española de Aragón, es llevada en procesión cada 12 de octubre en el sudoeste de la ciudad.

El exterior de la capilla, modesto pero armónico, luce atrayente, bien pintado, y subrayado por la torre del campanario construido en 1940 cuando las mentas sobre los favores que se obtenían concurriendo al lugar habían generado una devoción extendida en leguas a la redonda desde donde acudían durante todo el año, pero especialmente el 12 de octubre, los afligidos y esperanzados que formulaban sus promesas a cambio de una curación, un alivio a sus achaques, la protección para un viaje, la consumación de un matrimonio, la suerte en una cuadrera, el éxito en una carrera profesional y las variadas expectativas que puede atesorar el espíritu humano.

En la esquina de Fernando Bianchi y San Juan la que fuera vivienda de la familia Ghitta debió prolongarse hacia el oeste para despejar la habitación donde permanece la imagen y dejarla librada al uso público de los devotos. Debió derrumbarse una pared que separaba el dormitorio de la antigua cocina y, arcada mediante, prolongar la capilla hacia el sur hasta rematar en el campanario para que la estancia pudiera albergar no sólo la creciente afluencia de promesantes sino la inmensa cantidad de exvotos y testimonios con que éstos agradecían –y lo siguen haciendo– las gracias concedidas.

La tradición cuenta que los Ghitta –Natalio y doña Úrsula–, recién llegados de Italia, compraron esa propiedad a una familia de apellido Balfré. Dice también que un religioso de esa familia, gravemente enfermo y dispensado por sus superiores de los deberes del culto, pasó allí sus últimos días, rezando en su lecho, que ocupaba precisamente el lugar donde luego aparecería la imagen.

Los Ghitta ya se habían instalado en esa casa cuando en las paredes de esa habitación comenzaron a aparecer manchas de humedad, seguramente filtraciones del techo. Una tarde de comienzos del verano de 1907 doña Úrsula Possio de Ghitta miraba esas manchas y le comentó a una de sus hijas:

—¿No tiene aquélla (señaló hacia arriba) la forma de una Virgen?

—No, mamá –le respondió la niña–. La que parece una Virgen es aquélla que se ve en el rincón –le indicó.

A doña Úrsula el señalamiento de su hija no le resultó muy convincente, pero días después, conversando con una vecina que estaba de visita, le transmitió la observación.

—¡Pero sí, claro que es una Virgen! –exclamó la mujer y salió precipitadamente hacia casa para regresar con una vela y encenderla en el rincón.

Doña Úrsula intentó en vano disuadirla. Ella no veía nada sobrenatural en esa mancha. Pero su vecina (dicen que se llamaba Dominga) se arrodilló junto a la vela para rezar fervorosamente. Cuando volvió  su casa, su hija enferma, que no podía alimentarse debidamente, le pidió de comer, y para la mujer esa mejoría sólo podía ser atribuible a la intercesión de la Virgen.

Su apasionada defensa del “milagro” corrió rápidamente en el vecindario y pronto llegó al centro del pueblo despertando una ola de curiosidad.

De a poco comenzaron a llegar otras personas a pedir permiso para ver la imagen, ante la cual muchas quedaban extáticas. Se habló de otras gracias recibidas por los visitantes y doña Úrsula debió resignarse a que la casa se convirtiera en destino de peregrinaje cada vez más concurrido.

El hecho que terminó por convencerla ocurrió casi un año después, cuando una vela dejada por un visitante inició un chisporroteo deslumbrante que doña Úrsula interpretó como una señal hacia su escepticismo. Observó el almanaque y vio que era 12 de octubre, día de Nuestra Señora del Pilar. Entonces la imagen cobró identidad y ese momento fue el punto de arranque de una devoción que perdura hasta hoy.

La imagen en el rincón lleva allí más un siglo. Se dice que la pared fue repintada y que la mancha volvió a aparecer. Más de una vez, sostiene la tradición.

También se dice que cuando se construyó el campanario la campana fue baleada desde un coche que pasó por el lugar. Pero ni ese hecho ni la creciente hostilidad de Joaquín García de la Vega hacia esa veneración desde que se hizo cargo de la parroquia local consiguieron menguar la asistencia de devotos al lugar, que por su carácter de propiedad privada se hizo conocido no por el nombre de la imagen sino por el de su dueña. Era “la capilla de la Ghitta”.

Esa denominación da lugar a frecuentes equívocos en quienes la oyen por primera vez. Se cree que la alusión es a “la guita” (el dinero), y que lo que allí se obtiene es fortuna y bienestar económico. En todo caso, si prodigara enriquecimiento, la beneficiaria no fue doña Úrsula, que año tras año, al aproximarse el 12 de octubre, remataba los objetos valiosos dejados por los promesantes y con el dinero obtenido hacía donaciones al hospital y compraba alimentos que distribuía entre los humildes que llegaban hasta la casa.

Mujer de profunda fe, doña Úrsula concurría regularmente a misa pese al hostigamiento que en furibundos sermones recibía de parte de García de la Vega. Cuentan que en una ocasión, en medio de un oficio, contestó al cura y éste la echó del templo, por lo que la mujer ya no volvió allí, ni viva ni muerta, ya que el sacerdote se negó a recibir su cuerpo para las exequias cuando falleció.

Úrsula Possio de Ghitta murió el 11 de enero de 1944, a los 77 años. La propiedad en la que se encuentra la capilla de la Virgen pasó a manos de sus hijos José, María y Teresa y perteneció después a la familia de Lorenzo Garro y Dominga Botallo, pero siempre permaneció abierta a los devotos y promesantes que aún hoy siguen acudiendo, incluso a pie desde localidades vecinas –y algunas bien distantes–, a dejar sus peticiones o agradecer los beneficios recibidos.

Sus dueños desde 1988, Juan Vicente Strumia y Rita Soland, adquirieron el lugar bajo la misma condición de quienes se lo vendieron: mantener la capilla abierta.

En las paredes interiores siguen colgados muchos de los testimonios dejados durante más de un siglo por los visitantes. Ya no se ven los pequeños exvotos de plata o metal blanco que representaban piernas, brazos y otras partes de la anatomía sanadas por la fe que quienes acudían enfermos depositaban en la imagen de la pared. Pero hay alguna muleta que porta el mismo agradecimiento. Tampoco se acumulan los trajes de novia que atiborraban las vitrinas, pero sí siguen llegando fotos de parejas que han prosperado en la unión familiar.

Hay banderines de clubes de fútbol, fotos de caballos de carrera con sus propietarios y cuidadores, de cantores con guitarra que habrán cumplido su sueño de recibir la aprobación del público, de corredores de motos, diplomas de aspirantes que llegaron a la meta anhelada de ser soldados de la Patria o policías, birretes de conscriptos que lograron volver con bien al pueblo del que no habían salido hasta que fueron convocados al servicio militar, antiguos retratos coloreados y en gruesos marcos de madera con rostros que salvo sus descendientes –si es que concurren a la capilla– nadie puede ya reconocer dado el tiempo que llevan allí depositados. E imágenes religiosas, infinidad de imágenes de Jesús, de su Madre, de innumerables santos y santas, estampitas, estatuillas, rosarios, crucifijos, medallitas.

Sería bueno que la Iglesia se amigue alguna vez con la historia y el presente de la capilla de la Ghitta, que reconozca que entre los infinitos caminos que existen para conectarse con Dios éste, para muchas personas, es uno.

En su libro Cultos y canonizaciones populares de Argentina el conocido folclorólogo Félix Coluccio alude a esta cuestión al afirmar que “suele desconcertar a ciertos observadores que estos cultos tan heterodoxos no se alcen contra la Iglesia como una especie de herejía. Por el contrario, los devotos son en su casi totalidad cristianos practicantes: asisten a misa, bautizan a sus hijos, contraen matrimonio religioso, se confiesan sus faltas, comulgan y hasta honran a sus sospechosos «santos» con exvotos intachables como imágenes de Cristo, la Virgen y los santos conocidos”.

Y añade: “Este esfuerzo por ajustarse en lo posible al catolicismo viene a atestiguar una carencia, un desamparo que la legalidad parece no poder remediar. Y esto es fácil de entender porque la Iglesia no recoge los códigos culturales de esos pueblos”.

El caso de la “Virgen de la Ghitta” parece no resultar interpelado por estas reflexiones, que más bien aluden a figuras como el Gauchito Gil, la Difunta Correa o la Madre María, entre otras muchas: en la capilla de la Ghitta no se venera a doña Úrsula, lo que haría entendible el rechazo oficial, sino a una imagen que los creyentes identifican con una advocación de María aceptada y promovida por la Iglesia. Pero el concepto la abarca en cuanto a que la autoridad eclesiástica persiste en su negativa a incorporar este lugar de culto, según alguna versión no confirmada hasta por un motivo inaceptable como sería el de la negativa de los sucesivos dueños del lugar de cederle a la curia la propiedad del sitio.

En el caso de la Virgen de la Ghitta no parece haber apostasía, ni herejía, ni fetichismo, ni idolatría que obstaculice el deseo común entre todos los que concurren al lugar de que la Iglesia reconozca esta forma particular de ligarse con la creencia. Y ante esta realidad es difícil comprender por qué algunas iluminaciones, revelaciones y manifestaciones vinculadas con la fe religiosa terminan resultando en grandes santuarios y multitudinarias movilizaciones aceptadas, bendecidas e incorporadas por el gobierno de la Iglesia, y otras no.

Aun así, negada esta demanda, quien visita como espectador y testigo este lugar de El Trébol cualquier 12 de octubre no puede menos que sentirse conmovido por la afluencia de los que siguen llevando su aflicción o su agradecimiento a la Virgen de la Ghitta en tiempos como los actuales, teñidos de materialismo, consumismo, descreimiento, hedonismo y tantos factores que apartan a la humanidad de la conexión con el misterio y la divinidad.

Hoy en día a la capilla no concurre tanta gente como antes ni llega desde tan lejos como cuando acudía de provincias y hasta de países vecinos, tal vez porque las devociones populares tienen sus momentos de esplendor y de decadencia.

Estos sitios, como los santos, se ponen “de moda” y a veces su perdurabilidad parece que declina. Pero aun así la Virgen de la Ghitta sigue siendo una referencia en la localidad y la región. Y lo seguirá siendo mientras esa mancha difusa en la que los concurrentes a la capilla aseguran que “algunos días la Virgen se ve más claramente que otros” siga en ese rincón de la antigua casona y mientras la campana vuelva a tañer cuando la imagen salga en procesión o regrese al recinto, alimentando la fe y la esperanza de quienes haciendo coro a la rezadora repitan, mientras portan a la Virgen u oran en el interior de la capilla: “Dios te salve, María, llena eres de gracia…”.