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LA CASA BOSSO – Una reforma edilicia pone fin a un símbolo de El Trébol de los primeros años

Por Ruben Adalberto

Las generaciones jóvenes que conocieron el lugar como un pub que fue escenario de encuentros y buenos momentos quizás no tengan cabal idea de que en esa casona de bulevar América 868 que en estos días comienza a reformarse fue donde, hace algo más de un siglo, El Trébol comenzó a disfrutar del cine.

La casa de la familia Bosso (y ahora de Javier Maurino) está al lado del supermercado Reina Max, que ocupa lo que anteriormente fuera la sala del Cine San Martín y después Cine Trebolense. Por estas horas se inician en ella unas reformas estructurales internas y finalmente será modificado el frente que, con algunos retoques menores, es el mismo de principios del siglo XX.

Fue allí, donde regenteaba un bar y hospedaje, que Orazio Bosso empezó en 1908 a proyectar películas mudas para entretener a los parroquianos, dentro del negocio las tardes de invierno y en el patio en las cálidas noches de verano.

La cinematografía ya era conocida en la localidad desde dos años antes, cuando el exhibidor ambulante José Peruzzo visitó El Trébol los días 10, 11 y 12 de agosto de 1906, coincidentemente con las fiestas patronales, para mostrar en el salón de la Sociedad Italiana algunos cortos mudos cuya trama explicaba en piamontés a los concurrentes. Otras exhibiciones las realizó en octubre y noviembre de 1907, y también en la Sociedad Italiana, el empresario Santiago Giusto, llegado desde Córdoba. Pero el cine no había arraigado en el pueblo.

Orazio Bosso, el único de una familia torinesa de ocho hermanos que emigró a la Argentina, fue quien advirtió el potencial del nuevo entretenimiento e inició en El Trébol el negocio del cine.

Lo hizo proyectando “cintas” –como se las llamaba–, de no más de 500 metros de longitud, que en pocos minutos mostraban imágenes animadas de algunos acontecimientos reales o historias de ficción, reflejadas sobre un telón improvisado con una sábana con un proyector Gaumont a manivela iluminado por un mechero de gas y oxígeno.

El éxito del emprendimiento llevó a Bosso a construir en un solar contiguo, en 1909, la primera sala de exhibiciones, que inauguró al año siguiente con el nombre de Bar y Cinematógrafo San Martín.

La casa de un pionero

Esa sala se contó entre las primeras del país –y la primera del interior de la provincia, según se afirma–, lo que le valió a Bosso un reconocimiento de la productora y distribuidora estadounidense Warner Bros., que lo distinguió como “pionero” y se lo certificó con una medalla conmemorativa que le otorgó en 1946.

La casa de Orazio Bosso –casado con Maddalena Bosio, cuyo hermano Chiaffredo (Alfredo) inició una industria local que sus hijos convirtieron en la primera fábrica de ordeñadoras mecánicas del país– será en su mayor parte demolida para ser reemplazada por una construcción más acorde con las necesidades comerciales de hoy, pero su foto y parte de sus muros originales perdurarán en la memoria visual y afectiva de quienes disfrutamos durante nuestra niñez y adolescencia de la magia del cine en una sociedad de andar pausado que se volvió cada vez más vertiginoso y complejo con el paso del tiempo.

Tres o cuatro acontecimientos marcaban el ritmo de aquella vida idílica del pasado trebolense: la llegada del tren a la estación, el “pito” de la fábrica De Lorenzi –hoy Williner– que convocaba al trabajo, los domingos de fútbol y los fines de semana de cine.

Con la demolición de la casa Bosso se irá otra postal de aquellos tiempos primeros. Pero en los viejos muros que perduren seguirá escuchándose el eco de las exclamaciones y las risas de los parroquianos del bar de Horacio Bosso a los que la magia del cine les mostraba otra cara de la vida que afuera, en la ancha calle de tierra que llamaban bulevar América, seguía su curso.